«Cuando compré mi casa del siglo XVIII en el Barrio de las Cuevas, las paredes tenían grietas que parecían raíces. Me asustaba pensar en usar cemento moderno que arruinara su encanto, pero lograron consolidar los muros con una mezcla de cal y cáñamo que, según me explicaron, respira como los morteros antiguos. Hasta recuperaron el tono original de la fachada usando tierras locales. Ahora, hasta el panadero comenta que parece una casa de postal, pero sin perder su alma vieja.»